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cuento + De mujer + Marié Rojas Tamayo
Había ido, como cada jueves, a impartir el Taller Literario en la fábrica
de zapatos. Ya se disponía a recoger sus bártulos
cuando escuchó una acalorada discusión entre cuatro de los asistentes:
tres de ellos arremetían con denuedo contra el sexo femenino, mientras
Pedro, uno de sus alumnos más jóvenes, connotado mujeriego y
casquivano, era increíblemente quien se alzaba como defensor. Sus argumentos
eran rebatidos por los contendientes cada vez con mayor fuerza; el pobre muchacho
parecía próximo a sucumbir ante la mayoría abrumadora.
Llegó un momento en que solo decía en un murmullo repetitivo:
"A las mujeres se les perdona todo... hablar mal de ellas no es de hombres".
Quiso el profesor, sin intervenir directamente, ayudar al discípulo con algo de teoría y apoyo psicológico.
- ¡Pedro! Ven un momento, necesito hablarte...
Callaron las voces en señal de respeto, salieron del aula los tres atacantes mientras el aludido, un enorme mulato con músculos de acero y cara de niño apenas disimulada por un bigotico dibujado sobre los carnosos labios, se le acercó.
- Diga, Profe.
- Pedro, lo que has hecho es muy hermoso. No sé, ni quiero saber por qué motivos comenzaron a discutir, pero es cierto que a las mujeres se les debe defender, no es correcto hablar mal de ellas. Son las madres, las novias, las hermanas, las amigas, las que alegran nuestros días e iluminan nuestras noches. La vida sin ellas fuera un tormento, por no decir una quimera...
- ¡Usté ve! - le interrumpió el joven - Si yo tuviera la labia y el conocimiento suyos, ya le habría ganado la discusión a esos pesaos, que se creen que porque han leído un poco más que uno ya saben más. ¿Por qué no me acompaña y les dice todo eso?
- Porque no me compete participar en una discusión cuyas razones no
conozco, pero te voy a dar un argumento más que válido para
vencer. ¿Recuerdas que la clase de hoy estaba dedicada a José
Martí, nuestro apóstol? - Pedro asintió -, pues bien,
dijo Martí en un poema: "¿De mujer? Puede ser que mueras
de su mordida, pero no empañes tu vida hablando mal de mujer".
- ¡No! Eso sí es letra... ¿Me lo repite, para aprendérmelo bien?
El profesor, contento por la aplicación práctica encontrada a la lección del día, repitió hasta el cansancio el verso elegido.
- ¿Quieres que te lo apunte, por si se te olvida?
- No, qué va... ya lo tengo grabado, voy al ataque - y bajó a trancos la escalera que separaba el improvisado salón de clases del tableteo rítmico de las máquinas cosedoras.
Satisfecho con el giro imprevisto de los acontecimientos, pensando en cómo la vida, al que hace maestro, le ofrece siempre la oportunidad de enseñar algo nuevo, recogió sus manuscritos, los "Versos Sencillos" y el cuaderno de tomar asistencia. Con ellos bajo el brazo, pisando sobre sus viejos zapatos que ya tenían más kilometraje del admitido para ser considerados aceptables, se encaminó, escalones abajo, a la puerta de salida.
Para su sorpresa, Pedro, resoplando como un fuelle, las venas del cuello hinchadas de la indignación, lo estaba esperando en la puerta.
- Maestro, vaya y hágale a esos ignorantes el cuento de la mujer que mordió al apóstol, que a mí no me quieren creer.